Siete principios de Escritura Sistémica y un final ejemplar
“Todo lo que no se hace consciente, se convierte en destino.”
La Escritura Sistémica es una práctica de restitución. Devuelve la palabra a quien la perdió, el cuerpo a quien lo negó, la historia a quien la olvidó, y el amor a quien lo confundió con obediencia por complacencia o miedo. Es un modo de narrar que escucha no solo al yo que escribe, sino también al tú que lo habita, al nosotros que lo sostiene, y al sistema (familiar, cultural, político) que lo configura.
Estos siete principios no son reglas, sino renglones que abren puertas. Y quien escribe con ellos no busca un estilo, sino su verdad. Una verdad encarnada, orgánica y relacional.
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Todo síntoma tiene su raíz en una narrativa que pide ser escrita
“El trauma no es lo que te sucede, sino lo que ocurre dentro de ti como resultado de lo que te sucede.” — Gabor Maté
El primer principio parte de una premisa terapéutica: la escritura no inventa, sino que revela. En esta primera fase, el acompañamiento te guía hacia el reconocimiento de frases heredadas, de emociones silenciadas y de historias que nunca tuvieron voz propia.
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Lo que no se nombra, se repite
“Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino.” — Carl G. Jung
Este principio activa la memoria dormida. Trabajamos con frases que escuchamos y rumiamos como mantras en el sistema: “esto aquí siempre ha sido así”, “si no te gusta, te vas”, “tienes que ser fuerte”,“¡no llores!” … La escritura ayuda a hacer consciente la repetición de patrones.
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Las palabras tienen cuerpo y los cuerpos tienen memoria
“Las emociones enterradas vivas nunca mueren.” — Elisabeth Kübler-Ross
La escritura sistémica reconoce que el trauma se guarda en el cuerpo. Por eso escribimos desde el dolor de estómago, el nudo en la garganta o el insomnio. Desde el síntoma como mensajero, no contra él. Esta parte del trabajo vincula escritura con cuerpo físico, con movimiento, con presencia.
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La historia no termina donde creemos que termina
“No morimos por los eventos, sino por las historias que nos contamos sobre ellos.” — Russ Harris, La trampa de la felicidad
Las narrativas heredadas suelen estar inconclusas. Este principio abre la posibilidad de continuar, resignificar y reconstruir relatos estancados. No se trata de positivizar lo negativo, sino de integrar lo excluido.
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Lo sistémico también es simbólico
“Los símbolos nos salvan de lo literal.” — Clarissa Pinkola Estés
Las imágenes, metáforas y símbolos que emergen en la escritura permiten decodificar mensajes del inconsciente familiar o colectivo. Esta dimensión simbólica ayuda a canalizar lo innombrable.
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La reparación comienza con un acto de presencia
“No puedes encontrar tu lugar en la vida hasta que no hayas hecho las paces con tu lugar en la familia.” — Bert Hellinger
No se puede reparar lo que no se mira. Esta parte del acompañamiento se centra en generar una mirada compasiva, integradora y valiente sobre los/las excluidos/as del sistema familiar o personal. Incluye el trabajo con figuras ausentes, abortos, secretos o silencios heredados.
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El amor no se escribe, pero escribe a través de ti
“Detrás de cada dolor hay una historia. Donde hay una historia, puede haber un sentido. Y donde hay un sentido, puede volver el amor.” — Adaptación libre inspirada en Gabor Maté y Claudio Naranjo
El principio final devuelve el lugar central al amor: no el amor romántico ni idealizado, sino el amor que, de alguna manera, repara, sostiene y afloja la rigidez. Escribir desde el amor significa devolver dignidad a lo vivido.
Significa parar de correr para huir del dolor; de comer para llenar el vacío de existir y de callar por miedo a lo que sea.
Correr, comer y callar, como ejemplo
Correr, comer y callar por inercia es una manera de estar en el mundo, consecuencia de un conjunto de hábitos que nos confunden y nos funden, dejándonos sin recursos emocionales ni energía para entregarnos a una “buena vida” con confianza.
En la sociedad del consumo, consumimos y nos consumimos, dejamos nuestra toma de decisiones en manos de otros y otras, creyéndonos/creándonos necesidades inventadas que nos arrojan a un saco sin fondo.
Acabamos por convertirnos en personas dependientes o codependientes, en el mejor de los casos. Y, en el peor, en adictas, o lo que es lo mismo; en esclavas de un sistema de valores artificiales, de pensamientos, creencias, costumbres, sustancias y personajes que ejercen un control no deseado y a veces, abusivo, sobre nosotros/as.
Lo más paradójico de esta historia, sin embargo, es que todo eso lo permitimos “con-sentimientos informados”. Así es como nos vamos inoculando las mentiras que nos prometen, comprometiéndonos con una deuda fija de intereses que crecen sin límites y nos roba la atención.
Al mismo tiempo, nos vamos convirtiendo en emigrantes de nosotras mismas, dirigiendo el GPS interno rumbo a la tristeza, a la rabia, al miedo, a la culpa, a la vergüenza… al sinsentido vital, a la desesperación…
El contexto, en la vida como en la narrativa, aunque no nos defina, nos afecta, nos condiciona y nos transforma.
Nuestras coyunturas (tiempo, espacio y circunstancias) están contaminadas, como el aire de ciudad, por múltiples factores que nos dificultan la respiración: herencias traumáticas, lealtades familiares, heridas de la infancia… Tenemos las narices tan hinchadas, que hemos ido perdiendo la consciencia por falta de oxígeno.
En la era de las mascarillas, parece que tenemos asumido que, al menos individualmente, no tenemos la capacidad de erradicar el hambre en el mundo, el infierno de las guerras o todos los siglos de patriarcado que corren por nuestras venas. Pero, quizás, aún podamos hacer y dejar de hacer algo para reestablecer ciertos órdenes del amor y recuperar parte de la calma, el equilibrio intestinal y esa palabra justa que se quedó excluida de nuestro sistema.
Lo que nos está pasando en lo cotidiano singular y en lo colectivo responde a un síntoma provocado por un objetivo sucio que nos empaña y nos empeña el alma. Mirando a través de él, vamos cayendo en las redes de la malversación de nuestros fondos. Lo hacemos una a una y, por ende, de manera global.
Así, la náusea, la apatía, la ansiedad o la depresión tienen raíces sistémicas que debemos aprender a reconocer y a resignificar. Para ello, aparte de limpiar el objetivo, hay que meterse en el papel (en el que nos ha tocado) y jugar a jugarnos la vida. Porque a eso hemos venido.
En el tiempo que llevo yo jugando, he ido desenterrando algunas historias sobre mis propios traumas. Lo he hecho con la creatividad que me resucita de mí misma y me convierte en hogar interno, fértil y mágico para trascender las luces y sombras de mis personajes y de mi siempre fantasioso autoconcepto.
Y tengo que decir que estoy contenta. Porque noto cómo voy creciendo fuerte y sana, junto a un tipo de escritura que me nutre en el proceso del “despacio” de las comas, en el límite de los puntos y en el respeto al folio ajeno.
Volviendo al tema del principio, resulta que “correr, comer y callar” es una expresión compuesta por tres infinitivos; signos lingüísticos unidos por espacios en blanco. Solo letras.
Aunque, según desde dónde, cuándo, de qué manera, a través de qué canal, etc., etc., etc., se escriban, se lean o se pronuncien, su impacto en una persona puede ser tan liberador como fulminantemente devastador.
Tal vez, por eso, cuando mi madre me disparaba, de pequeña, ese “corre, come y calla” con el mismo grito neurótico que recibió ella, también estaba contribuyendo, a su manera y sin saberlo, a que en mi inconsciente se fraguara el apretón de todo nuestro sistema familiar, cultural y social. Llegado el momento y aceptada mi baraka por escrito, elegí hacer justo todo lo contrario; parar de correr para huir del dolor; de comer para llenar el vacío de existir y de callar para silenciar el miedo a no ser querida.
Así funciona un poco la Escritura Sistémica. Empiezas un post, como el que no quiere la cosa para hablar de principios, y te salen tres verbos que te sacan de tus casillas desde que tienes uso de razón. ¿Y cómo acabas? Pues volviendo a ellas (a tus casillas) para agradecer que tu madre tuviera un mandato imperativo que ofrecerte y tu abuela, probablemente, una verdad silenciada.
Descansemos, por fin, todas en paz.
Myriam K
… Amén…o Amen..
y en paz.
Esto tiene mucha enjundia, me parece.
Gracias por el esquema, por la reflexión y por no callarte.
Y por cierto, qué certera me ha parecido siempre Elisabeth Kübler-Ross.